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Hacen de la pintura tradición familiar
La ganadora del concurso Portrait Arts Festival, Martha Orozco, relata cómo el arte se convirtió en un medio de subsistencia y educación para sus cinco hijas
Por EDGAR A. HERNÁNDEZ/
Reforma

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Martha Orozco y sus hijas han hecho del arte una forma de vida. / Foto: GUNTHER SAHAGÚN |
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Cd de México, México.-(21/Mayo/2001) En la casa de Martha Orozco, el arte no sólo se cuelga en las paredes. Desde que sus cinco hijas eran niñas, la pintora siempre les inculcó una cultura y un amor hacia la pintura a través del arte mismo.
Ya fuera posando o pintando sus propios cuadros, las cinco hijas, Norma, Ana Laura, Martha, Mónica y Patricia Salazar han continuado la tradición que Orozco heredó de su bisabuelo José Escudero y Espronceda, único artista que retrató a Benito Juárez en vida.
"La pintura ha sido parte de nuestra cotidianidad familiar. Cuando mis hijas eran niñas, siempre me preguntaban: 'mamá, esto es agua simple o es aguarrás', porque sabían que una se utilizaba para tomar y otra para mezclar los pigmentos. Incluso un día, cuando una de ellas estuvo enferma, utilizó su jarabito para pintar, porque era parte de nuestra vida el estar pintando", narra Orozco.
La pintora, quien en octubre de 1995 ganó el concurso Portrait Arts Festival en Montgomery, Alabama, que convoca la Sociedad Americana de Retratistas (American Society of Portrait Artists), cuenta que en su infancia ella también tuvo esa libertad para pintar, aun cuando sus padres no se dedicaban a ese oficio.
"Desde niña me encantaba dibujar, tenía mis colores y mi mamá sabía que iba a ser pintora. Toda la vida se me proporcionaron los elementos para poder dedicarme a esto: un lugar para dibujar, una caja de colores y, sobre todo, libertad para que hiciera lo que me gustaba", indica.
En su juventud, Orozco estudió con Matilde Orellana, condiscípula de Diego Rivera, y con José Bardasano, refugiado español que le enseñó todas las técnicas: dibujo, acuarela, pastel, óleo y composición de murales, entre otras. En esa misma época eligió novio y esposo a partir de la premisa de que le permitiera desarrollar su pintura. Por todo ello, no resulta raro que sus cinco hijas siguieran los pasos de Orozco. "Mis niñas, desde que eran chicas, sabían que me posaban o pintaban, pero en la casa el arte era algo muy natural".
"Ellas pintan porque quieren, yo no les he dicho 'vamos a pintar' e, incluso, han estudiado otras carreras. Mónica estudió coreografía y ahora se dedica a pintar, pero, por ejemplo, Ana Laura estudió en Florencia grabado. Algunas definieron antes su vocación. Sin embargo, a la larga todas tienen los genes de pintora por herencia. Ya a nivel de técnicas, temáticas y demás, cada quien ha tomado su propio camino".
Orozco, quien el próximo mes impartirá un taller en el Museo Metropolitano de Nueva York, dentro de la reunión anual de la Sociedad Americana de Retratistas, indica que después de que su marido falleció, no le resultó difícil mantener a su familia, porque tenía las bases económicas de su trabajo como retratista.
"Uno pinta para la familia y mi trabajo nunca fue un rival para los niños. Al contrario, se convirtió en un aliado familiar. Uno pinta porque se realiza, y para ello tienes que ganar para proporcionarte tus materiales. Los cuadros no se regalan, porque uno debe asumir su responsabilidad y no esperar que el Gobierno te mantenga. El trabajo es lo único que te sostiene, te vas dando a conocer y el gran público es quien te permite darte el lujo de seguir pintando", concluye.
Martha Orozco y sus hijas exponen actualmente, bajo el título de Una familia en el arte, una muestra de obra reciente en el Centro Asturiano de México (Arquímedes 4, Polanco).
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